viernes, 25 de junio de 2010

El enigma de Edipo

Edipo pregunta a la Esfinge. Edipo es el hombre: la Esfinge es todo el no-ser del hombre, todo lo que no puede ser el hombre, su negativo, su contraluz. Es un devenir-animal del hombre que no deja de inquietar a Edipo. Él pregunta, pero no está preguntando. Es la Esfinge quien responde sin pregunta al preguntar una adivinanza, que a su vez está desvelando una respuesta, aunque sólo sea por el espacio hueco que abre la palabra. Un animal que anda a cuatro patas por la mañana, a dos durante el día, a tres por la noche… El enigma del hombre es el hombre. El ser es su propio interdicto, es su propio misterio. Edipo no resolvió la adivinanza: ¿qué es el hombre, hombre-niño, hombre-anciano, hombre-mujer? Un hombre dice: es el hombre. ¿Qué espacio media entre aquél que pregunta y aquello que es contenido de la respuesta? Un vacío infinito, entre la singularidad y la pluralidad, en donde cabe pensar el hombre pero no decirlo, en donde el hombre no puede decirse a sí mismo. La respuesta es: no puedo decir al hombre. Tu respuesta soy yo; yo no puedo decirme. ¿Qué afuera, qué redoblamiento esencial se necesitaría para hacer del discurso del hombre una exterioridad que pudiera decirse? El hombre es la respuesta a su propio enigma, y aun así carece de un discurso que satisfaga su curiosidad. El hombre no era la respuesta; siempre fue la pregunta.

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