jueves, 24 de junio de 2010

La escritura blanca, II

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Una escritura para la ausencia de escritura: la escritura blanca. Porque “escribir ni se cumple en (el) presente, ni presenta, ni se presenta: y menos aún representa, salvo para jugar con lo repetitivo, que introduce en el juego, con respecto a todo poder empezar, la anterioridad temporalmente inasequible de volver a empezar” (Blanchot). Finalidad: encontrar el principio, surgir adonde aún no ha nacido la escritura, ningún discurso, ninguna palabra, ni la verdad ni la mentira. Espacio de una blancura poética, infinita, infinitamente vacía también. Se trata de una escritura culpable, como proclamó Bataille, culpable de ser cuando debiera estar borrándose a cada trazo, engulléndose a sí misma hasta hacer de la obra un reverso maldito, una inabarcable ausencia, una locura. Escribir hasta dejar de escribir, para dejar de escribir, por una escritura que constantemente está moviéndose hacia su falta, acaparando el vacío, mordiéndose, destruyéndose, despojándose de sí misma, de toda ella. Escritura para su propio hueco, que reclama, en cada palabra, su existencia, su propia particularidad, su propia experiencia de escritura, sabedora de que por el reclamo sitúa su palabra ante el foso de la inexperiencia y de la nada. Escritura por venir (Blanchot), discurso desrealizándose, excritura.
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