viernes, 11 de junio de 2010

Literatura y cultura


(fragmento de tesis doctoral)


xxxxxLa relación entre la poesía y el poder ha sido escasamente tratada por la crítica, si bien son varios los autores que señalan cierta correspondencia entre una y otra instancia desde los comienzos históricos del ámbito literario. La poesía, afirma Foucault, fue creada mediante “nuevas y oscuras relaciones de poder” (1999a: 176), con lo que debemos situar su origen, como hacen Wellek y Warren, en determinadas instituciones sociales: el fenómeno poético participaría de formas rituales, trabajos o juegos diversos (Wellek, 1974: 112), aunque no deja de ser reseñable su paulatino desglosamiento de los poderes y de las instituciones, indiscutible a partir de los siglos XVIII y XIX, en cierto modo por esa pérdida de confianza en el poder de representación de la palabra (cfr. Foucault, 1997) y su más evidente giro a través de la obra mallarmeana. La autonomía de la palabra poética, la fundación de un espacio imaginario, del Libro fuera de todo libro, supone cierto subterfugio de las formas utilitarias del poder. No cabe aquí discutir si, desde su nacimiento, la poesía se ha ido alejando cada vez más de las instituciones y de todo dominio, o si el cambio brusco de la modernidad es también el inicio de este alejamiento; lo que habría que poner en relieve es cómo la poesía ha encontrado, en términos ontológicos, uno de sus rasgos más esenciales en esa ausencia de poder.



xxxxxY hacemos referencia en estas líneas principalmente a una ausencia y no a una insurrección o rebeldía contra el poder. Como ha señalado Foucault en varios puntos de su obra (cfr. 1993, 1994 y 1999a), la sublevación contra una forma de poder no deja de evidenciar nuevas estrategias y dispositivos que ejercen a su vez un nuevo poder y que, en conjunto, trazan un complejo entramado o red capilar de dominios. Nada más lejos de la concepción de un poder opresor que, desde arriba, aplasta toda forma de insurgencia: el poder crea, establece campos de saber, instituciones, disciplinas y dispositivos de control para preservar dicho poder; la literatura, en tanto que institución académica, formaría parte de este tejido. Pero la poesía, por su parte, en la medida en que constituye una vía de escape de la literatura, en la medida en que “está fuera de la ley” (Bataille, 2001: 21), se pone a resguardo del poder, y lo hace no sirviendo para nada, rechazando de manera fundamental toda forma de utilidad o utilitarismo (Ibíd.: 18). La verdad de la poesía es que juega a no decir nada, a agotarse y tacharse ella misma, a autodestruir su propio lenguaje. Y es ese no-decir lo que angustia a todas las formas de la razón, lo que despierta el recelo del poder. Una vez que surge la obra y entra a formar parte de las producciones humanas, de la cultura, puede dar lugar a una apropiación, a una serie de agenciamientos o canalizaciones que definirían la cultura como una modalidad de poder: “la literatura –dentro del secreto que la constituye–, permanece distinta a la cultura. Hacer obra poética no es hacer obra de cultura, y el escritor no escribe para enriquecer los tesoros culturales. Sin duda, la cultura puede reivindicar los hechos literarios, los absorbe introduciéndolos en el universo siempre más unificado que la caracteriza, allí donde las obras existen como cosas espirituales, transmisibles, duraderas, comparables y en relación con los demás productos de la cultura. Entonces la obra parece haber encontrado su certeza y su consistencia; los libros se agregan a los libros para constituir esa bella Alejandría que no podría alcanzar ningún fuego, esa Babel siempre acabada y siempre inacabada que es el mundo de la literatura y la literatura como mundo” (Blanchot, 1970: 615). Es el poder el que, bajo la perspectiva de un museo imaginario, hace de la obra, fenómeno inestable, imposibilidad en sí misma, un objeto cerrado, abarcable, resguardado de la erosión del tiempo, objeto eterno que, en esa eternidad, pertenece a la historia y a la cultura, halla una utilidad, preserva y es preservada. Esta concepción de la literatura como aquello absorbido por la cultura la sitúa, entonces, como una forma de poder, en la medida en que pasa a formar parte del museo, recompone un conjunto estable de géneros, catalogaciones, rangos, etc. La obra maestra, asimismo, no sería más que la obra tamizada y filtrada por determinadas estrategias de poder. Pero la poesía, en cada una de sus muestras, la obra en sí, tiene una individualidad que no es la de una pieza de museo, sino la de un mundo, un espacio imaginario en donde su poder es exclusivamente el poder de repetirse, y de anularse en esa repetición, de desobrarse y no alcanzar nunca las formas plenas de la presencia, de no darse nunca enteramente como una unidad, sino como una quiebra.



xxxxxEl poema no ejerce poder alguno, como trataremos de demostrar en este capítulo, pero puede ser víctima de un poder que lo utiliza y gestiona para determinados fines. Se trataría de un uso de su circunstancia material, de su sentido, pero en ningún caso se le haría ejercer más poder que el ejercido por la mano que lo arranca de su espacio ontológico y lo impulsa hacia una determinada función o utilidad. Esto explica que exista poesía política, aunque la poesía no sea política; que existan usos propagandísticos cuando la obra no es propaganda; que el poema vehicule una ideología que sólo existe cuando la lectura se apropia de ella, la interpreta o la transforma si es preciso, incluso la inventa allá donde el poema no estaba en ningún momento ideologizado. Esta ausencia de poder, tal y como la concibe Bataille, estaría justificada en gran medida por la renuncia a la representación: “el arte constituye un pequeño dominio libre fuera de la acción, que paga su libertad con su renuncia al mundo real. Pero este precio es gravoso y casi no hay escritores que no sueñen con reencontrar la realidad perdida: para ello deben pagar en el sentido opuesto, renunciar a la libertad y servir a la propaganda” (Bataille, 1989: 25-26). El mismo autor, incluso, puede llevar su obra hacia las formas del poder, por una renuncia de su libertad antes que por una auténtica exploración de los límites de la palabra.



xxxxx¿Qué respuesta, entonces, debemos esperar de la obra cuando sabe que la cultura se establece como su uso, gestión y manejo? La poesía es por definición transgresora, como ya hemos podido comprobar a lo largo de nuestra exposición, pero lo es en la medida en que decide alzarse contra el discurso que la define, contra todo discurso, contra la cultura misma, y no sólo por encontrar, de algún modo, dispositivos o estrategias de poder que enfrenten la obra y la cultura, que permitan la sublevación o la independencia, sino por asumir ese espacio residual, ese lugar en donde ya no tiene utilidad alguna, por mostrarse como un vaciado del poder y no un nuevo poder en sí misma. Se trataría, por tanto, de un movimiento paradójico entre la rebeldía y la sacralidad que define el juego poético, entre su tendencia transgresora y un acusado movimiento hacia lo esencial. Como afirma Blanchot, “es preciso tratar de recuperar, dentro de la obra literaria, el lugar donde el lenguaje todavía es relación sin poder, lenguaje de la relación desnuda, ajena a todo dominio y a toda esclavitud” (2005: 55).

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