martes, 11 de octubre de 2011

Pierre Menard: La herida del doble (prólogo de un Quijote apócrifo)

Incluyo parte del prólogo a una edición apócrifa del Quijote, de Pierre Menard.
El libro puede adquirirse en http://lapsuscalami.es/tienda/index.php/a-portada/el-quijote-de-pierre-menard.html



Pierre Menard:
la herida del doble
Jorge Fernández Gonzalo



[…] no hay original, el modelo de la copia es ya una copia, la copia es una copia de la copia; no hay más máscara hipócrita porque el rostro que encubre la máscara es ya una máscara, toda máscara es sólo la máscara de otra; no hay un hecho, sólo interpretaciones, cada interpretación es la interpretación de una interpretación anterior; no hay sentido propio de la palabra, sólo sentidos figurados, los conceptos son sólo metáforas disfrazadas; no hay versión auténtica del texto, sólo traducciones; no hay verdad, sólo pastiches y parodias. Y así hasta el infinito.
Pierre Klossowski


 ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote —todo el Quijote— como si lo hubiera pensado Menard?
Jorge Luis Borges



[…] ¿esto no significa que está en falta o, más bien, que está alcanzado por la herida del doble? ¿Qué impugna el lenguaje para reproducirlo en el espacio virtual (en la transgresión real) del espejo y para abrir en éste un nuevo espejo y aún otro y así al infinito? Infinito actual del espejismo que constituye, en su vanidad, el espesor de la obra –esta ausencia en el interior de la obra de donde ésta, paradojalmente, se levanta.
Michel Foucault





Cuenta Jorge Luis Borges que sus primeras lecturas del Quijote provenían de una traducción inglesa. Las palabras y las sonoridades del idioma extranjero embelesaban al joven lector argentino, que con tan sólo diez años de edad se embarcaba en la lectura del clásico de Cervantes. Las aventuras de este angloparlante Don Quixote colmaban la imaginación infantil con largas e ingeniosas conversaciones, entuertos y ficticias escaramuzas, lances y tropiezos que dejaban irrisoriamente malparados a sus protagonistas. Con el tiempo, Borges llegó a la edición castellana y no pudo reprimir su sensación de desencanto. ¿Se trataba, pues, de una mala traducción de aquel libro agudo y prodigioso? ¿Sería el Quijote una novela inglesa que alguien hubo de escribir primero, por error o azares del destino, en pretencioso idioma castellano? ¿Podía, acaso, ser la máscara más hermosa que el más bello de los rostros?

Quizá por ello, no podría ser otro que Borges quien primero nos refiriera el caso de Pierre Menard. Un escritor mediocre lee el Quijote y decide escribirlo por su cuenta. Proeza al mismo tiempo que vanidad. ¿Los resultados? El infinito acontece en esa separación, se alza sobre el delgado hilo de las semejanzas y las diferencias. La conocida reseña de Borges, aparecida en septiembre de 1939 en la revista Sur, no escatimaba en elogios a este gran proyecto menardiano, del que Borges apenas pudo llegar a conocer algunos capítulos y que hoy rescatamos aquí en su totalidad. Por primera vez aparece bajo la rúbrica de Pierre Menard la versión completa que el escritor francés realizó de El Quijote, la gran obra cervantina –y no-cervantina–, moderna –y postmoderna– de la literatura –y contra toda literatura–.

Y sin embargo, el Quijote de Menard no es una obra original, un proyecto fruto del hallazgo que hubiera iniciado en el texto cervantino su andadura espontánea por los senderos de la semejanza. Su espesor y grandeza es el resultado de tanteos anteriores; nos referimos, por ejemplo, a la poco citada traducción que Menard lleva a cabo de una obra de Quevedo. El autor galo inicia el movimiento de reduplicación que va a caracterizar todo su trabajo gracias a la traducción de una obra que Quevedo había trasladado anteriormente del idioma francés. El poeta barroco vertió al castellano en versión literal la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales, y tres siglos más tarde Menard trazará, nuevamente de forma literal, el camino de vuelta, el retorno hacia el corazón mismo de lo literario a través de los sinuosos meandros arteriales del lenguaje. Tal y como recuerda Madame Henri Bachelier, quien llegó a conservar algunas de las muestras manuscritas y correspondencia personal que han permitido componer esta edición, existió una traducción de la traducción, un reflejo de la sombra que san Francisco de Sales proyectase sobre la prosa de Quevedo. Borges ironiza, sin embargo, al apuntar que «debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada [por Madame Henri Bachelier]», lo que da buena cuenta de esa polvareda de confusiones que levanta la (re)escritura propuesta por la ironía menardiana: la traducción de la traducción recala nuevamente en el espacio del original. ¿O no? ¿No habrá, en ese periplo que hace pasear las palabras desde Sales hasta Quevedo, para tornarlas luego al mismo sitio, un enriquecimiento, algo así como una distorsión que remueve todas las corrientes submarinas del sentido, mientras la superficie permanece idéntica? ¿Traducción como territorio, o la lectura como nomadología? La traducción se plantea en Menard como clave para (re)interpretar los textos, como medio a través del cual aproximarse a los deslizamientos que poco a poco conforman el cuerpo de la historia de la literatura. ¿Qué es lo original y qué es la copia?

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