jueves, 7 de mayo de 2009

Palabra y vacío

La palabra, cuando aparece, inscribe un vacío.

Es el cerco impreciso de la ausencia, la espera que se cierne en el lenguaje, el cuerpo que está dentro, llamando, como si quisiera tirar abajo las puertas y salir de unas palabras que lo atrapan.

Es lo sagrado, que aguarda en los resquicios del idioma, en los intersticios de la palabra, en su agrietada dimensión.

Hay algo que aguarda siempre a ser dicho. Y la poesía siempre nos envía allí. Siempre debe alzarse sobre un vacío.

martes, 5 de mayo de 2009

La forclusión del lenguaje (Klossowski) y el espacio neutro (Blanchot)

Forclusión del lenguaje: hay un afuera en él, algo que desde dentro golpea en las puertas de la palabra y quiere salir. Es el cuerpo, la vida, el amor: todo lo que al mismo tiempo se nos aparece como sagrado e indecible.

El espacio neutro: la palabra es la presencia de una ausencia; la flor nombrada sólo nos devuelve el vacío de todos los ramos.

El poema debe situarse en ese hueco que abren las palabras y que nos muestran el cuerpo que nos han robado (Artaud), o puede elevarse sobre la distancia que media entre la rosa ideal y la rosa real que se ha desalojado a través del lenguaje (Mallarmé). Esta topología del lenguaje es capaz de abrir el vacío allá donde se sitúa o de mostrarse surcada de oquedades. La palabra poética debe llenar ese espacio. Debe decir lo indecible, ejercer lo inédito.

domingo, 3 de mayo de 2009

El libro y el cuerpo


El libro es lo que deja fuera al cuerpo. Porque aparece la obra ya nada queda por sentir, ya nada queda por tocar. Todo lo desaloja la palabra que expulsa las cosas a lo infinito, las obtura porque media entre nosotros y ellas.
¿Cómo recuperar el cuerpo, nuestro cuerpo, sino es por la desaparición de la obra, su pérdida infinita en los recovecos de la palabra? El poema debe ser destruido para que recuperemos la vida que nos hace perder.
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Poesía y destrucción

La poesía, para ser pensada, debe ser destruida.

Sólo en las cenizas de un pensamiento renace. Sólo porque puede ser destruida se afirma su existencia. La poesía se tensa en el espacio intersticial entre la creación y la destrucción, se abandona a ese no-lugar en donde ella es toda una víspera, una leyenda, una aventura. La obra debe tender hacia el vacío para que, en el esplendor de su destrucción, podamos tocar las cosas: esta brisa que alza la mañana tenue de noviembre, el ruido seco y ágil del viento salino entre los álamos, un cuerpo que sacraliza la luz que lo bordea temblorosa.

Para llegar a la obra es necesaria su destrucción.