Un poema de Rimbaud, que traduzco y comparto con vosotros. En unos meses, publicaré la poesía completa del genial poeta francés.
El aguinaldo de los huérfanos
I
Habitación en
sombra: vagamente
se oyen los
murmullos
dulces y
tristes de los niños.
Sus cabezas se
vencen
abrumadas de
sueño
bajo el dosel
que tiembla y que se agita…
–Fuera, muertos
de frío, los pájaros se apiñan,
y sus plumas
se ahuecan bajo el gris de los cielos.
Año Nuevo,
envuelto entre la bruma
y arrastrando
los pliegues
de su nevada
capa,
se sonríe
entre lágrimas y canta estremecido…
II
Y mientras
tanto, los pequeños
bajo el dosel
flotante
hablan
bajito, como si de una noche oscura
se tratara, y
escuchan, a lo lejos
algo como un
murmullo…
Y se
estremecen por la clara voz de oro
del timbre matinal
que lanza aún más alto
su estribillo
metálico
bajo su orbe
de cristal.
–El
cuarto
está helado y,
por el suelo,
esparcidas en
torno de las camas
hay vestidos
de luto. El cierzo áspero
del invierno,
gimiendo
en el umbral,
exhala por la casa
su aliento
entristecido.
Se nota, en
todo esto, que algo falta.
¿No hay una
madre para los pequeños,
madre de
sonrisa fresca
y triunfante
mirada?
La noche,
sola y amorosa,
se olvidó de
arrancarle a la ceniza
una llama,
avivarla,
y arroparles
con su edredón de lana
antes de
abandonarlos y gritarles: perdón.
¿Acaso no ha
previsto el frío matinal
ni trabó bien
la entrada contra el cierzo?
El sueño de
una madre es una tibia alfombra,
el blando
nido en que los niños
agazapados como
pájaros entre el ramaje
duermen un
sueño de visiones blancas…
Es éste un
nido sin calor ni plumas,
en el que los
pequeños pasan frío, no duermen
y tienen miedo;
un nido
tal vez
helado por el amargo cierzo.
III
Ya vuestro corazón
lo entiende todo:
ellos no
tienen madre.
¡No hay una
madre en casa y su padre está lejos!
Una criada
vieja se ha ocupado
de los niños.
Los pobres
están solos
en una estancia helada,
huérfanos de
cuatro años solamente,
y he aquí que
despierta
en sus mentes
un recuerdo alegre…
al igual que
un rosario
que al rezar
se desgrana:
–¡Qué mañana
tan buena, la mañana
del
aguinaldo! Cada uno
hubo soñado
aquella noche
un sueño
extraño con juguetes,
bombones
revestidos
de oro,
alhajas deslumbrantes;
corretear,
bailar
una danza
sonora y esconderse
después tras
las cortinas y aparecer más tarde.
Despertaban
temprano, mas felices,
con la boca
hecha agua, frotándose los ojos…
Iban, con
brillo en la mirada,
y aún
enredados los cabellos
igual que un
día festivo
con sus pies
diminutos descalzos por el suelo,
a llamar a la
puerta de los padres…
¡Entraban! Y
después… ¡las felicitaciones,
los besos
repetidos, en pijama,
y la alegría
sin reservas!
IV
Qué maravilla
esas palabras
por tantas
veces pronunciadas.
Pero cómo ha
cambiado la casa desde entonces:
un fuego
crepitaba, vivo, en la chimenea,
e iluminaba
todo el viejo cuarto;
y los
reflejos rojos de la hoguera
se divertían
al contornear
los muebles
barnizados…
¡El armario no
tenía llaves;
sin llaves,
el armario inmenso!
A menudo,
observaban
su puerta
oscura y ocre…
¡Sin llaves!…
¡Era extraño! Tantas veces
habrían de
soñar con los misterios
que habitaban
sus flancos de madera,
y creían oír,
tras de la cerradura
abierta, un
vago ruido,
un lejano
susurro…
–Qué vacío
está hoy el dormitorio
de los
padres. Ningún reflejo rojo
brilla bajo
la puerta;
ya no hay
padres, ni fuego o llave alguna.
Al irse, ya
no hay besos ni sorpresas.
Qué triste
será el día de Año Nuevo
para estos
niños, mientras de sus ojos
azules, cae,
silenciosa,
una lágrima
amarga,
y un murmullo
se oye: «¿para cuándo
volverá
nuestra madre?».
V
Duermen ahora
los pequeños
tristemente. Diríais,
al mirarlos,
que lloran al
dormir, por su penosa
respiración y
sus hinchados ojos.
¡Los pequeños
tienen un alma tan sensible!
–Sin embargo,
el ángel de las cunas
llega a
enjugar sus ojos, y desliza
un sueño
alegre entre sus pesadillas,
un sueño tan
alegre que sus labios
se entreabren,
y ríen
(parece que
susurran).
–Sueñan cómo,
inclinándose en sus brazos
contorneados,
con el dulce
gesto del
sueño, alzan
la frente, y
su mirada
vaga a su
alrededor…
Creen estar
en un rosado paraíso…
En el lar,
rebosante de destellos,
canta el
fuego feliz … por la ventana,
a lo lejos,
renace un cielo azul,
y la
naturaleza se despierta
y se embriaga
de luz…
Y la tierra,
feliz por revivir,
semidesnuda,
tiembla de alegría
por los besos
del sol.
En la
maltrecha casa todo es tibio y rojizo:
ya la ropa
sombría no reviste
el suelo de
la estancia
y, en el
umbral, el cierzo
ha amainado
por fin… ¡Como si un hada
tuviera algo
que ver con todo esto!
–Los niños,
jubilosos, dan un grito…
Allí, junto a
la cama de su madre,
bajo un
hermoso rayo color rosa,
sobre la
alfombra, algo resplandece…
son
medallones plateados, blancos
y negros,
cuyo reflejo titilante
es de nácar y
jade;
pequeñas
orlas negras, diademas
de cristal,
con tan sólo tres palabras
cinceladas en
oro:
«a nuestra madre».