Una escena,
que se ha podido contemplar recientemente en varios rincones de España,
describe a la perfección los mecanismos de poder en los que nos vemos
implicados en nuestra sociedad del espectáculo. En la calle, unos niños juegan
a la puerta de un bar cualquiera. Dentro del local se arma un pequeño alboroto,
y todas las miradas se dirigen hacia la pantalla del televisor. “¡Corre, hijo,
ven a ver el gol!”, espeta el padre de uno de los chavales. O por decirlo en
términos un poco más lacanianos: “¡ven aquí y goza tu selección!”.
Es ésta una
metáfora clave para entender cómo funciona el poder, de qué manera nuestras
sociedades disciplinarias han hallado en el cuidado y gestión de nuestros
afectos una herramienta idónea para dinamitar los deseos emancipatorios del Yo
a través de un estudiado modelado de nuestras afecciones superyoicas.
Zombificación mediática, en efecto, pero para eso ya escribí el libro que
aparece a la derecha de estas palabras. El gran Otro, como propone Zizek –atento
siempre a las huellas del pensamiento lacaniano– nos obliga a gozar. “¡Goza!”
es el mensaje de un nuevo poder que descubre en el ocio y en las diferentes
posibilidades de elección (elige tu marca de ropa o alimentación, elige tu
equipo, tu coche, tu peinado, tu red social y tus amigos virtuales) un campo
libre para hacer pasar el gesto opresor por un gesto dador, que responda
ceremoniosamente a nuestras exigencias, pero que en realidad ha aprendido a
ocultar sus intereses tras una multiplicidad forzosa: “Elige la vida, elige un
empleo, elige una carrera, elige una familia, elige un televisor grande que te
cagas, elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos
–así reza el mítico inicio de la película de Trainspotting–. Elige la sal, colesterol bajo y seguros dentales,
elige pagar hipotecas a interés fijo, elige un piso piloto, elige a tus amigos.
Elige ropa deportiva y maletas a juego, elige pagar a plazos un traje de marca
en una amplia gama de putos tejidos, elige el bricolaje y pregúntate quién coño
eres los domingos por la mañana (…). Yo elegí no elegir la vida, yo elegí otra
cosa. ¿Y las razones? ¡No hay razones! ¿Quién necesita razones cuando tienes
heroína?”. Es decir, elige lo que quieras, pero gózalo, busca tu propia heroína
en el stock mediático, publicitario o
industrial. Te lo ordena el poder. Te lo exige el Otro.
La verdadera
condición existencial del poder estriba en que no aparece sin escenificación y,
por tanto, sin cierta lateralidad, sin una garantía de desvío. Cuando el poder
pone a nuestra disposición una serie de marcas identitarias, en una especie de branding performativo destinado a
socavar nuestras emociones, se oculta en ese gesto y vence, digámoslo así, en
el momento en que consideramos como más nuestra la elección de la que (no)
hemos formado parte. Pero el texto ideológico que subyace a la publicidad, a
los discursos políticos pro multiculturalismo, a esa nueva ética de la libertad
que nos embarga y se hace manifiesta a través de la televisión, la prensa o Internet
es justamente ése: ¡goza tu elección!. Pues tu disconformidad, tu tristeza o tu
pesimismo no tienen lugar, son patológicos (la depresión escala puestos como
principal enfermedad en los países desarrollados), por lo que deben ser
tratados a través de una mercadotecnia farmacológica del placer y de la
satisfacción en donde el boticario vuelve a ser ese gran Otro de la maquinaria
del poder. Incluso se diseñan objetos, logos y lenguajes que ríen por nosotros
para aliviarnos del duro deber de ser feliz: Zizek nos habla de las ochenteras
y noventeras series de televisión con risas enlatadas que se carcajeaban por el
espectador, a lo que hay que añadir marcas de productos como Matutano o Amazon,
cuyos logos se representan mediante una sonrisa, o incluso los modernos
emoticonos, que sonríen, lloran o flirtean por nosotros. ¿Quién dijo que las máquinas
carecían de emociones? En realidad, es la máquina y todas las producciones
técnicas las que desafían nuestra sentimentalidad anodina y construyen los
memes afectivos disponibles para la sociedad. Desde antiguo, las religiones o
la literatura –oral o escrita–, y más tarde el cine, los programas de
televisión y las series, los cómic, la publicidad o los partidos de fútbol han
escrito el texto de nuestros gustos. Las emociones están ahí para que las uses,
pues como decía Sartre, si un niño se lastima y no le ve nadie, no llora, pero
sí cuando hay alguien cerca, pues necesita reconocerse en el otro para llegar a
sentir por sí mismo. Tales emociones no se poseen: se intercambian, se crean,
se configuran, se diseñan. Son máscaras para asegurarnos el éxito comunicativo
e interrelacional, y nunca habíamos tenido tantas máscaras como ahora. Así que,
¡elige una y gózala!

El problema
viene cuando no hay un stock suficiente de máscaras, y los signos han de
reforzarse. El espectáculo entonces se convierte en un modelo de ocio
dictatorial, y los recursos para asegurarse su éxito mediático anulan al resto
de elecciones en las que creernos libres, pues nuestra obligación (¡goza!) es
dejar de lado nuestras preferencias individuales y participar del meme colectivo para no permanecer ajeno
a una realidad que se construye de forma colaborativa. Es ingenuo pensar –y ya
nos acercamos cada vez más al tema de este discurso– que la literatura o el
teatro constituyan una alternativa preferente al deporte rey, por poner un par
de alternativas paradigmáticas –aunque perfectamente compatibles. En muchos
casos nos son pocos los que –intelectuales o no, a estas alturas ya poco
importa eso– se oponen a la mediatización del fútbol y prefieren una gama de
placeres supuestamente más refinados. Pero la cosa cambia cuando juega la
selección: las emociones disponibles son completamente distintas, pues ya no
hablamos de un orgullo local o del refuerzo para una rivalidad consentida entre
amigos (ha ganado mi equipo y el tuyo no) sino de un pathos nacional que refuerza las relaciones de una colectividad (en
Cataluña o País Vasco, sin embargo, ese pacto afectivo no funciona al mismo
nivel y la disidencia es mayor). Los periodistas aparcan por unos días la
objetividad que se corresponde con sus códigos deontológicos y animan
incondicionalmente a la selección, y las banderas de España pierden su historia
(que a menudo las circunscribía, penosamente, a un nacionalismo de raigambre
franquista) para adornar las calles o servir de jubilosos crespones en las
antenas de los automóviles. Incluso todo el país pierde su historia reciente a
condición de mantener próximo ese olvido: nos alejamos de la mayor crisis
financiera en décadas pero no la olvidamos del todo, sabemos que está ahí. “Sé
que hay una crisis, pero me han pedido que goce, y debo olvidarme de estas
cosas y gozar, y que me quiten lo bailao” es el texto que funciona en términos
psicoanalíticos en cada uno de los espectadores más o menos enfervorizados por
la marea roja. Sólo que los sujetos desconocen estar al servicio del Otro y de
su imperiosa voz (¡goza!), y no saben
que esas emociones disponibles forman parte de un circuito destinado a desatar
sus pasiones, una nueva forma de carnaval que, como ya anunciara Bajtin,
refuerza el poder y lo consiente, porque se ha liberado así la suficiente
energía libidinal en el improductivo acto del goce –y también, por otro lado,
en el improductivo acto de quejarse del goce ajeno, todo sea dicho–, en lugar
de apostar por una sublimación peligrosa que plante cara al poder y diga: no,
no quiero gozarte; no controles mi goce.

A pesar de
todo, la relación entre fútbol y crisis económica no es tanta como pudiera
parecer. Ni la selección tiene la culpa de la crisis, ni sus primas, en el caso
de que las donaran generosamente, van a sanear definitivamente un sistema
económico corrupto desde las mismas entrañas, ni el espectador tiene en su mano
el poder de solucionar el panorama nacional con un simple clic en el mando a
distancia, aunque no estaría de más una “videohuelga” de televisores apagados
sólo por probar a ver qué hubiera ocurrido si se secundara en masa. Me interesa
más destacar esa obligatoriedad del goce y la subsiguiente legitimación de
todos los medios audiovisuales y discursivos que han producido nuestras
emociones, las han desviado y gestionado a su antojo, no sólo para tapar
decisiones políticas (el rescate de bancos españoles, el medicamentazo o la
subida de la luz), sino para crear una reserva de goce completamente
insolidaria –y a menudo embrutecedora, dirán algunos–; una serie de emociones
que, como en el ejemplo del padre que reclama la participación de su hijo, le
obliga a dejar de jugar con los otros niños para introducirse en el mundo de
las emociones adultas. Contra ese gesto, pero sobre todo contra aquella ceguera
impuesta por los medios que nos impide ver nuestro goce como un objeto
prefabricado por el poder –ese gran padre que nos obliga a ver el espectáculo–
es contra aquello que cargo mis tintas. Mi crítica, por tanto, va contra ese
aparato mediático que se apropia, mediante sus códigos espectaculares, de mi
goce, que lo capitaliza y lo explota, ante el cual no podemos hacer nada, o
casi nada –aunque muchos ni tan siquiera estimen que haya que hacer algo. No
critico al espectador por el hecho de ver fútbol en lugar de leer un libro o
salvar a las ballenas, porque mi propio goce por la literatura está igualmente
regulado por los pólipos del Otro, y responde al mismo esquema que, como ya
analizara Bordieu, hace del gusto un producto cultural, un signo de pertenencia
de clase, y no una elección completamente libre de sospecha. Si bien sí echo
de menos más voces que digan no al
espectáculo futbolístico de la selección por el mero hecho de sentirse dueños
de su propio goce –un goce obsceno, en este caso– y concebir otras emociones
distintas a aquellas que le suministra la pantalla en cantidades industriales y
mediante resortes que pretenden no otra cosa que arrastrar a la colectividad
junto con su polución mediática. Si el ocio es el nuevo opio del pueblo, abogo
por un consumo en soledad, o en pequeños grupos, que se aleje de la marea
grupal y de sus excesos. Quizá por ello mismo, y hago aquí un pequeño
paréntesis antes de acabar, mi interés sea la creación verbal, la palabra
poética, porque considero el campo que ésta despliega ante sí como el verdadero
terreno de juego para configurar nuevas emociones, más allá de las
suministradas hábilmente por el gran Otro, y anteponer así la creación a la
elección impositiva, comunitaria, en una mercadotecnia de los afectos que, hay
que decirlo, ha demostrado también estar en crisis.
Jorge Fernández Gonzalo

