lunes, 24 de enero de 2011

Versión del poema "Elevación", de Baudelaire

Versión al castellano:


Elevación




Por encima de estanques y de valles,
de montañas y bosques,
de mares y de nubes, más lejana
que el sol, que el cielo etéreo,
más allá del confín de las estrellas
te mueves, alma mía,
liviana nadadora
extasiada en las aguas
de las inmensidades profundísimas,
toda tú indecible,
viril, voluptuosa.

Escápate muy lejos. Cruza las marismas,
corre a purificarte con el aire
y apura ese relámpago
cristalino del límpido universo
como un licor sagrado
y esencial.
Detrás de tanto hastío,
de los pesares, de
la brumosa opresión de la existencia,
feliz aquél que puede
con alas vigorosas
allegar a la calma de los campos,
aquél cuyas ideas, como alondras,
se elevan hasta el libre amanecer,

aquél que entiende, al vuelo,
la lengua de las flores y de las cosas mudas.
                                                
                                                       (Jorge Fernández Gonzalo)



Texto original:



Elévation


Au-dessus des étangs, au-dessus des vallées,
Des montagnes, des bois, des nuages, des mers,
Par delà le soleil, par delà les éthers,
Par delà les confins des sphères étoilées,

Mon esprit, tu te meus avec agilité,
Et, comme un bon nageur qui se pâme dans l'onde,
Tu sillonnes gaiement l'immensité profonde
Avec une indicible et mâle volupté.

Envole-toi bien loin de ces miasmes morbides;
Va te purifier dans l'air supérieur,
Et bois, comme une pure et divine liqueur,
Le feu clair qui remplit les espaces limpides.

Derrière les ennuis et les vastes chagrins
Qui chargent de leur poids l'existence brumeuse,
Heureux celui qui peut d'une aile vigoureuse
S'élancer vers les champs lumineux et sereins; 

Celui dont les pensers, comme des alouettes,
Vers les cieux le matin prennent un libre essor,
- Qui plane sur la vie, et comprend sans effort
Le langage des fleurs et des choses muettes!



miércoles, 8 de diciembre de 2010

LA MAQUINARIA DE LOS PÁJAROS



        I

Mi cuerpo atravesado por todas las máquinas,
por las astillas huérfanas de la visión,
por toda esa retórica de pájaros
con los que dar figura a lo imposible.

La luz, en los espinos,
se calcina aún con demasiada
coherencia. Desconfía
de las palabras que penetran el aire
y que palpitan entre ramas
abatidas de almendros,
en las entrañas puras de los gorriones.

Mi cuerpo tiene un hueco de pisadas,
una perforación de crisantemos,
máquinas para dar nombre al alba de unos brazos,
máquinas para mis dedos-brisa,
para la unión de mi mirada-arrecife
o el sutil engranaje de unas bocas.



        II

Todo pájaro forma una máquina:
la maquinaria de mi visión que se alía a su vuelo,
que coagula el paso de sus alas
y sesga en cristales diminutos la superficie del aire
como un cristal que no tuviera reflejo alguno,
como un fondo de agua adonde un pájaro fuera una piedra,
una piedra tirada al río,
una rendija que poco a poco desvelara las oquedades
de un cielo de ceniza, la interrupción de nubes metálicas
adonde una luz invisible
da textura a unas manos, acecha el límite, perfora
los cuerpos con un grano de claridad, 
da la pureza de lo complejo,
configura una máquina,
el resorte de aves y de nubes, 
el cableado de la confusión,
la disfunción de lo asombroso.

Hay demasiadas máquinas, y pájaros.
Ningún pájaro es real, sino el profano vínculo
entre una mirada y un cuerpo que aún no puede
recibir la lápida del nombre, su espesura,
acontecer cuando ya todo lo que une al acontecimiento
es una franja sin espacio, el margen discontinuo
del olvido. ¿Ven las aves
en el cristal que ellos mismos han hollado
en la carpa del cielo
las mismas ficciones que vislumbro,
el mismo desconcierto de luz, la tracería
de nubes deshiladas? 
No hay palabras para todos esos artefactos

porque toda palabra revela, solamente,
una interrupción de alondras.



        III

Hay demasiadas máquinas, demasiados pájaros,
demasiadas ficciones en este cielo improbable
que nos deja el plácido consuelo
de su mentira hecha ya cuerpo del poema,
escritura que rompe con el fulgor de la caliza,
que da nomenclatura
al tallo irisado de la luz.

No dar palabra a esas máquinas, a la alianza entre los pájaros
y mi mirada al tanto de su vuelo,
sino a ese espacio, ese vacío aún por ser pensado
cuando han pasado todos los vencejos. 



(Poema ganador del premio de poesía Alba volante)

sábado, 28 de agosto de 2010

Máquinas

No puedo romper con todas esas máquinas. A menudo lo intento, pero hay pájaros que sesgan la piel del agua y fracturan su superficie en cristales diminutos. Hay demasiados pájaros, aunque aún no sabemos casi nada de ellos. ¿Ven en la luz las mismas ficciones que nosotros? ¿Se saben ellos un dispositivo de mi mirada, un crecimiento que no nos pertenece, el esqueje para la palabra del otro? Hay máquinas, demasiadas máquinas, demasiados pájaros, algunos incluso muertos, atropellados por su propia maquinaria en un caos sanguinolento, en una ruptura perfectamente acabada, en un equilibrio de vísceras irreprochable. 

martes, 29 de junio de 2010

Poema "Cuestión de probabilidades"


Quizá la cúpula que extiende la mañana
sirva tan sólo como abrigo
para el espacio entre dos cuerpos.

Este alba que da, en su desgarro,
palabra, hálito a las cosas,
orfandad o cimbreo
para decir una viga entre ortigas,
los huesos de ciruela
o el trazo de una hoja
cuando se posa leve
sobre el agua
deja
apenas un resquicio, una hendidura
que permanece aún indescifrable
en el baño de luz con que las alas
del milano en su vuelo redentor
agradecen las espigas y el viento,
una grieta en su sombra que desata
lo que hubiera ocurrido
en la distancia de estos alhelíes
o en los paisajes de tu piel probable.


(Del libro "Arquitecturas del instante", Madrid, Rialp)

viernes, 25 de junio de 2010

El enigma de Edipo

Edipo pregunta a la Esfinge. Edipo es el hombre: la Esfinge es todo el no-ser del hombre, todo lo que no puede ser el hombre, su negativo, su contraluz. Es un devenir-animal del hombre que no deja de inquietar a Edipo. Él pregunta, pero no está preguntando. Es la Esfinge quien responde sin pregunta al preguntar una adivinanza, que a su vez está desvelando una respuesta, aunque sólo sea por el espacio hueco que abre la palabra. Un animal que anda a cuatro patas por la mañana, a dos durante el día, a tres por la noche… El enigma del hombre es el hombre. El ser es su propio interdicto, es su propio misterio. Edipo no resolvió la adivinanza: ¿qué es el hombre, hombre-niño, hombre-anciano, hombre-mujer? Un hombre dice: es el hombre. ¿Qué espacio media entre aquél que pregunta y aquello que es contenido de la respuesta? Un vacío infinito, entre la singularidad y la pluralidad, en donde cabe pensar el hombre pero no decirlo, en donde el hombre no puede decirse a sí mismo. La respuesta es: no puedo decir al hombre. Tu respuesta soy yo; yo no puedo decirme. ¿Qué afuera, qué redoblamiento esencial se necesitaría para hacer del discurso del hombre una exterioridad que pudiera decirse? El hombre es la respuesta a su propio enigma, y aun así carece de un discurso que satisfaga su curiosidad. El hombre no era la respuesta; siempre fue la pregunta.

jueves, 24 de junio de 2010

La escritura blanca, II

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Una escritura para la ausencia de escritura: la escritura blanca. Porque “escribir ni se cumple en (el) presente, ni presenta, ni se presenta: y menos aún representa, salvo para jugar con lo repetitivo, que introduce en el juego, con respecto a todo poder empezar, la anterioridad temporalmente inasequible de volver a empezar” (Blanchot). Finalidad: encontrar el principio, surgir adonde aún no ha nacido la escritura, ningún discurso, ninguna palabra, ni la verdad ni la mentira. Espacio de una blancura poética, infinita, infinitamente vacía también. Se trata de una escritura culpable, como proclamó Bataille, culpable de ser cuando debiera estar borrándose a cada trazo, engulléndose a sí misma hasta hacer de la obra un reverso maldito, una inabarcable ausencia, una locura. Escribir hasta dejar de escribir, para dejar de escribir, por una escritura que constantemente está moviéndose hacia su falta, acaparando el vacío, mordiéndose, destruyéndose, despojándose de sí misma, de toda ella. Escritura para su propio hueco, que reclama, en cada palabra, su existencia, su propia particularidad, su propia experiencia de escritura, sabedora de que por el reclamo sitúa su palabra ante el foso de la inexperiencia y de la nada. Escritura por venir (Blanchot), discurso desrealizándose, excritura.
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viernes, 18 de junio de 2010

La escritura blanca


Porque podemos vivir la escritura de los libros, o podemos vivir la imposibilidad de escritura que alza la realidad. Ese imposible constituye la poesía: decir cómo no se puede decir, cómo el viento derrama signos que no remiten a sentido alguno, cómo la verdad es ese significante total de la naturaleza que no acaba de significarse, cómo estamos expuestos a un vacío mucho más difícil de pensar que todos los lenguajes del mundo. Entonces, no es necesaria la escritura. El producto de un silencio penetra en el mundo: no hacer nada. La palabra que desescribe, la obra que desobra, se introducen secretamente en las cosas. Basta una caricia por que dejarlo todo, una brizna de yerba imposible de decir o unos rododendros sumergidos en agua. Basta tornar hacia la adelfa, a su ausencia total de fragancia, a la conquista de un tallo de camelia. El viento dice ahora su verdad en las cosas, el gusano acierta en su mordedura a decir toda la nada de una hoja de almendro. Es el lenguaje del río o del légamo, la nomenclatura en savia de los tallos de luz en la tarde. Lenguaje que ya no nos pertenece, que no puede decirse porque mi palabra lo destruiría. Palabra de la no palabra: sintaxis de espigas, gramática del mármol, fonética del polvo. El mundo está hablando en tanto silencio.