La foto responde al cartel promocional de la obra, con dirección de César Barló, compañía AlmaViva, en el teatro del Campo de la Cebada, Madrid
La muerte de Don Juan
Don Juan y la novela contemporánea
G
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iovanni Macchia y Jean Rousset, máximas autoridades en los estudios
sobre la figura del seductor universal, y Menéndez Pelayo años antes, ya
firmaron el certificado de defunción de Don Juan para el siglo pasado. En
opinión del crítico español, una vez desprovisto, con el siglo XIX, de su
lectura moral, el personaje perdió todo propósito aleccionador que hubiera
tenido en sus orígenes. Sin embargo, esto no deja de ser una concepción parcial
del mito. Sí es cierto que Don Juan nació en el seno del cristianismo, y de
manos de un teólogo como lo fue Tirso de Molina –si hacemos caso a las fuentes
que respaldan la autoría del dramaturgo madrileño– y muy probablemente con una
finalidad concreta, la de no desafiar a la justicia divina. Pero ello no
implica que Don Juan no posea otros valores como es su identificación plena con
la libertad.
Libertad, en muchos aspectos, incluso en
aquellos que tocan con el libertinaje,
lo que no conlleva que el famoso burlador de Sevilla fuera estrictamente ateo,
como se ha querido ver a menudo. De hecho, la burla constante al juicio de Dios
lo circunscribe dentro del pensamiento cristiano, de su mitología y sus
creencias: Don Juan cree en la muerte y en los infiernos como cualquier otro,
pero es su demora, la dilación del juicio divino, el objeto de
sus burlas. Don Juan, como Prometeo –otro mito muy del gusto del Romanticismo– apuesta por el hombre. Y esto lo
entendió Molière mejor incluso que el creador español que diera a luz al
calavera más famoso de la literatura. Su desdén por la muerte no es mayor que
su amor a la vida, un amor egoísta, alejado de los valores de constricción y
recogimiento del cristianismo. La diferencia con el otro gran hereje de la
literatura, Fausto, como supo ver Kierkegaard, es muy sencilla: Don
Juan pertenece a la Edad Media y al cristianismo, y supone “la expresión de lo
demoníaco definido como sensual”, es decir, como aquello que, desde la lección
de su mal ejemplo, debemos rechazar de plano, frente a Fausto, quien
representaría “la expresión de lo demoníaco definido como lo espiritual”, y por
lo tanto aquello directamente excluido
de la verdadera fe.
El
escritor Michel Tournier propuso en uno de sus artículos de su libro Celebraciones una posible salida a la
muerte de Don Juan. Imaginaba un encuentro en un café de Praga entre un maduro
Da Ponte, un jovencísimo Mozart y un anciano Casanova, en el que éste criticaba
con aspereza al Don Juan sevillano como representante de la España morbosa y
cruel. Casanova insinúa la posibilidad de escribir entre los tres un Don Juan
distinto, estrictamente veneciano. Mozart capta al instante la idea y fantasea
con un libreto que refleje su vida en “allegro vivace”, y Casanova concluye su
propuesta filosofando sobre el carnaval. Se llega a un Don Juan contrario al
modelo, un Don Juan sonriente, que ama a las mujeres. Para él –dice Casanova– poseerlas
no vale nada si no las hace felices. Es el goce de ellas lo que él ama.
Respecto
a su arrepentimiento, éste no llegará hasta la versión de Zorrilla. Tirso
insiste en las páginas finales de la obra que ha sido Dios quien lo ha
castigado, y no el seductor el que confiesa sus crímenes o se retracta de sus
palabras. Si Don Juan da la mano a la estatua, en los últimos minutos del
drama, es por puro orgullo, aunque con ello tenga que ir al Infierno y pagar su
osadía. Molière remarcará aún más la convicción del seductor: la lógica del
personaje prohíbe un cambio en su mentalidad, y es preciso que no evolucione
desde su posición amoral hacia ninguna postura reconciliadora, porque perdería
con ello su carisma transgresor. Don Juan, a través de la obra de Zorrilla,
viola las intenciones originales del mito, y no sólo se enamora (lo que supone
una falta gravísima para la razón donjuanesca), sino que además acaba pidiendo
clemencia.
No debe
escapársenos la paradoja: Tirso de Molina, un clérigo, escribe un drama sobre
un blasfemo. Resultado: Don Juan es condenado con el Infierno. En su tiempo,
Don Juan debió de ser visto como un hereje, aunque hubiera algo que le
distinguiese de los demás, incluso que le hiciera, hasta cierto punto,
envidiable. No en vano es, de los mitos hispánicos, el que se ha exportado con
mayor acierto: una Celestina o un Lazarillo, por parecer demasiado localistas,
trascendieron poco más allá de sus fronteras, y un don Quijote, por su tremenda
originalidad, no podía ser continuado sin recurrir al plagio o la parodia, pero
no a la continuación o extensión del mito personal del protagonista. El deseo
de Don Juan, sin embargo, enraíza completamente en el ser del pueblo, y lo
trasciende. Don Juan es maleable, pude ser cualquiera y en cualquier época,
porque sus pretensiones son universales: conseguir aquello que se desea a toda
costa, llevar al límite la libertad individual. Tirso amparó a un hombre normal
y le confirió virtudes humanas, y sobre todo defectos humanos, una especie de
héroe de lo individual frente a lo colectivo. Y aún faltaban más de tres siglos
para Nietzsche: entre el superhombre del alemán y el libertino del español hay
unas inquietantes coincidencias. Según las premoniciones del filósofo, el
superhombre será un individuo excepcional, por encima de leyes, de moral, y de
Dios. Las mejores definiciones de Don Juan se las debemos a Nietzsche.
De
cualquier modo, Don Juan ha quedado como arquetipo del hombre libre, de ahí su trascendencia en el
siglo XIX, en el cual se cuajan los valores del libertino como conducta común a
muchos aunque no menos censurable por los moralistas, y de ahí la pervivencia
del mito en la literatura contemporánea. La diferencia entre el Don Juan primero
y los últimos estriba en que, para que el primero fuera libre, debía
posicionarse sistemáticamente en contra de las instituciones dominantes (la
Iglesia y la Monarquía) mientras que el héroe actual se enfrenta con una moral
distinta y con la opinión pública como verdadero paradigma del poder. En ambos
casos, el escándalo y la subversión han de configurar su carácter.
Don
Juan fue el gran héroe romántico porque el Romanticismo creó al individuo. La
conciencia del Yo se acaba de forjar a finales del XIX: ya no sirven para la
caracterización del sujeto ni la ascendencia, ni la posición socio-económica,
ni siquiera el nombre. Ante este vacío, el siglo XX tendrá por objetivo la
definición del individuo, la búsqueda de los materiales esenciales que constituyen
la conciencia y la personalidad del Yo. El burlador, en contra de lo que
autores como Rousset y Macchia opinaron, no ha muerto sino que sigue coleando
en la conciencia colectiva. La construcción del Yo en la libertad es el tema de
Don Juan y de la novela última, y si no sabemos ver a Don Juan es porque la
novela está de nuevo intentando reconstruir al individuo, o por decirlo de otro
modo, mostrándonos la imposibilidad de dicha construcción, la carencia del yo,
la desgarradura de la identidad en el mundo moderno. La literatura posmoderna
toma a un héroe desarraigado, que requiere para su realización personal lograr
una meta imposible, del mismo modo que Don Juan necesitaba las conquistas y sus
crímenes para fraguar su régimen identitario. Sólo que Don Juan no acaba de formarse; no es que muera, es que su nacimiento es
imposible. Torrente Ballester, en el prólogo a su Don Juan, recordaba
cómo el Don Juan clásico, a través de sus diferentes versiones, se definía a sí
mismo como un Tenorio, es decir, un
individuo que, a pesar de su vida licenciosa, necesitaba incluirse en un grupo
social y con unos valores propios. Un niño consentido, hasta cierto punto.
En definitiva, Don Juan sigue vivo
aunque su nombre no figure en los títulos. La figura del burlador hay que
buscarla, soterrada, en los héroes a medio construir de la novela de hoy, en
los desgarrones identitarios de los personajes actuales. Porque todo lo que
sabíamos de Don Juan es proclive al cambio y a la adaptación: el Don Juan hereje no tiene utilidad alguna en una
sociedad no especialmente fervorosa como la nuestra; no así el Don Juan tarambana, o el Don Juan libre, cuyas pretensiones son de alcance
universal. El Don Juan seductor, por
otra parte, desapareció como tal, aunque siempre haya quien lo rescate con
intención puramente arqueológica. El Don Juan redimido nunca fue Don Juan, era
otra cosa. Y el Don Juan condenado pertenece ya a tiempos pretéritos. Con todo,
hoy se sigue escribiendo sobre él, por lo general en forma de artículos o
ensayos en los que no se dice nada nuevo, a menos que sea para el escándalo
(Don Juan como homosexual, o con complejo de Edipo, o impotente), y en menor
medida obras literarias, estrictamente centradas en el mito, muy espaciadas en
el siglo XX, escasas en la segunda mitad, que se encuentran con todo el trabajo
hecho y no saben por dónde cogerlo. Aunque vivo, Don Juan no acaba de nacer,
está como a la espera. Su egoísmo, su afán de libertad, no acaban de tomar
cuerpo. Como él, el personaje de la novela también se halla en una falta, una
carencia fundamental, a la espera de constituirse. Pero quizá sea en ese
desgarro que nos reconozcamos más fielmente.
Bibliografía
Macchia, Giovanni (1985): Vida, aventuras y muerte de Don Juan. Madrid: Tecnos.
Rousset, Jean (1985): El mito de Don Juan. México: Fondo de
Cultura Económica.
Torrente Ballester, Gonzalo (1997): Don Juan. Barcelona:
Colección Clásicos Contemporáneos Comentados.
Tournier, Michel
(2002): Celebraciones. Barcelona:
Acantilado.
Zorrilla, José; Molière; Molina, Tirso de (1998): Don Juan Tenorio; Don Juan; El
Burlador de Sevilla. Barcelona:
Orbis.
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