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viernes, 11 de junio de 2010

INTRODUCCIÓN A CLAUDIO RODRÍGUEZ

(fragmento de tesis doctoral)

Toda aproximación a la obra de Claudio Rodríguez (Zamora, 1934-Madrid, 1999) exige un enfrentamiento con los materiales del lenguaje en un recorrido semejante al que el propio poeta ha trazado a través de las diferentes entregas de su obra. En cada poemario, el lector pasa por ser el traductor de una traducción, intérprete de lo interpretado, espía de una mirada. Pero entre el poeta que debe traducir la proximidad de lo real a unos materiales poéticos y el lector que descifra tales tanteos en cada lectura hay una diferencia sustancial: Claudio Rodríguez se enfrenta a lo informe, a la experiencia irreductible, a todo aquello para lo que no había palabra todavía, en un lenguaje que a un tiempo le sirve de herramienta y de límite (Mayhew, 1988: 5). Así, el poeta vacila entre el encuentro epifánico con las cosas o su meditada formulación: “para mí siempre ha sido importante la materia, el campo, el olor, la espuma, los niños jugando, etcétera. Una adecuación entre la presencia de la materia y mi interpretación de ella funciona en mi poesía. En unos poemas la materia es preponderante; en otros, la interpretación” (en Campbell, 1994: 203-204). Intérprete y, por lo tanto, traductor de las presencias cercanas, de los “ruidosos palomares”, como llegará a decir para referirse a la inconmensurabilidad de lo creado en el primero de sus libros (DE: 19), el poeta elabora una obra cuyo comentario o traducción al aparato crítico está obligado a recorrer transformaciones continuas y no meros ámbitos abstractos de igualdad y semejanza (cfr. Benjamin, 2007: 155), lo que implica, por un lado, que la obra de nuestro autor se escribe desde los movimientos y fluctuaciones de la propia realidad, en el camino, con sus baches y sus asendereadas marchas, sin atajos, hasta llegar al destino verdadero –a las cosas– y, por otro, que el acceso al pensamiento claudiano debe darse a través de un discurso en construcción que reduplique las mismas discontinuidades, cortes y fluctuaciones del modelo original. Se trata de transitar juntos por la vía que ya ha abierto su obra, con los mismos tanteos y rectificaciones, con las mismas perplejidades, para mostrar, como sucede en su palabra, la violencia que ésta infringe sobre aquello nombrado, el abismo de incertidumbre que media entre el lenguaje y las cosas. Porque, si bien la poesía de Claudio Rodríguez siempre ha pretendido sobrepasar las restricciones del material lingüístico en un arduo deseo de unión con lo existente, su obra se ve en todo momento flanqueada por numerosos interrogantes que unas veces llevan al misterio y otras, muchas otras, a la desilusión y al fracaso (Yubero, 2003: 196).


(Jorge Fernández Gonzalo)


Poética, variación


No importa qué digan mis poemas, ni cuáles sean sus aspiraciones: tan sólo esa maquinaria de la música, que va horadando el verbo, que funda vacíos en las palabras, huecos en la superficie de su lenguaje. No aspiro al sentido, ni a fijar la memoria, ni a delimitar la subjetividad en las aguas del verso: realmente, no escribo sobre nada, salvo sobre los errores de mi propia escritura. Escribo para justificar por qué no puedo decir, por qué las palabras no logran aferrarse a las cosas, por qué el pensamiento se desintegra en formas. El pájaro es la forma de todo pensamiento poético mío, o el árbol, o la piedra: la botánica y la geología que me acompañan en el verso representan sólo el signo de esa imposibilidad de pensar, de sentir más allá de las figuras. Toda ontología es ornitología. Y cuantas más palabras, mayor es la rotura del verso, mayores sus grietas y resquebrajaduras, sus cavidades. Escribo que no puedo decir, pensar, sin la escritura que a un mismo tiempo me oculta la verdad del silencio, y que sólo un hueco absurdo está abriéndose en el centro de la palabra poética. Poesía para la imposibilidad de la poesía.