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viernes, 11 de junio de 2010

Notas sobre la imposibilidad del cuerpo

El cuerpo no puede totalizarse y por lo tanto es lo que no tiene sentido en sí mismo; o si lo tiene, su sentido es el no tener sentido o enviarlo fuera de sí, el ser signo de sí mismo, su propia significación, que al mismo tiempo supone no tener significación alguna, sentido fuera de sí, aquello que no puede ser representado por otro. El cuerpo existe en tanto que tiene un ahí, en tanto que es un cuerpo-ahí, cuerpo-lugar, pero en la medida en que este cuerpo-lugar exige ser pensado y no puede serlo, ya que no está lleno, ni vacío, ni tiene exterior o interior, ni tampoco partes, ni totalidad, finalidad, funciones… El cuerpo es una exterioridad impensable, a-estructural (el sentido le conferiría una estructura, la visión le dotaría de márgenes, la palabra supondría su impostación). Y es justamente esta condición de impensable la que nos obliga a dictaminar la imposibilidad de una ontología del cuerpo, a no ser que podamos revertir el concepto de ontología y situar el cuerpo en el centro mismo de la ontología y, al mismo tiempo, en la parte más excéntrica, en su afuera. El cuerpo es visto aquí como lo exterior al pensamiento, el espacio que tocamos al pensar y que, por esa misma distancia entre el pensamiento que toca y el cuerpo tocado, no puede pertenecernos nunca. En este punto, la escritura debe alzarse como lo incorpóreo que toca lo corpóreo, debe contemplar, en la posibilidad del tacto, la posibilidad de decir el cuerpo desde el límite y no por la irrigación o la captura. El lenguaje, en este punto, pierde el sentido, escapa a la representación. Si no puede decirse el cuerpo, sólo resta tocarlo. Una escritura, un nuevo lenguaje, que toque el cuerpo, que descubra, en su límite, la aparición del cuerpo, que no pretenda acotarlo, sino palparlo.

martes, 16 de febrero de 2010

EL DESASTRE


Cada poesía crea un sistema, y cada sistema crea su propio error. A menudo podría decirse que no creamos poesía, que no decimos nada nuevo, sino que pretendemos, a través de las palabras, cubrir los errores que genera nuestro propio pensamiento. Es lo que podríamos llamar, con Maurice Blanchot, el desastre.

La poesía es el desastre, es el intersticio para la covertura de sus propios errores, el llenado sobre los propios huecos de la palabra, de su palabra. Sería preciso decir, anunciar, que la poesía cae infinitamente en sí misma, que se abisma en sus pliegues generando pliegues infinitos, caos, desastre.

Escribo para generar mis propios errores.
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