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Os dejo aquí un capítulo gratuito, las páginas finales del libro:
Una pornomáquina es un dispositivo de acumulación de poder
que engancha flujos diversos relacionados con la corporalidad y sus
representaciones, flujos económicos y excitantes en proporciones variables,
tecnologías discursivas y prácticas de disidencia. Las pornomáquinas son
máquinas políticas de subversión y contramedida que se constituyen como tecnologías
de (de)subjetivación. No consisten en una mera exposición de la sexualidad ni
en una réplica del poder ensimismada en su propio gesto de rebeldía, sino en un
dispositivo de acumulación de poder alternativo, un nódulo capaz de desviar,
desfigurar y sustraer flujos, un sistema líquido frente a los esquemas rígidos
y sus significantes despóticos. Las pornomáquinas no son pornografía, sino un
conjunto de prácticas y tecnologías de gestión política de la corporalidad, de
sus placeres y de sus imágenes. Diógenes activa una pornomáquina con su
masturbación pública; Manet propone una pornomáquina muda, El almuerzo campestre, que encuentra en el vacío de la falta de
palabras un territorio para la utilización política de las imágenes. Hay
pornomáquinas parlantes y pornomáquinas silentes, aplicaciones exhibicionistas
y privadas, intimidades insurrectas y reivindicaciones comunitarias. Las
pornomáquinas no hablan de sexo, sino de sexualidad y política sexual, de la
constitución discursiva de los cuerpos y de su participación en la escena
pública a través de sus signos. En las pornomáquinas son los cuerpos los que
hablan, incluso si la única reivindicación que se pone en juego es ese lenguaje
callado del desnudo. La teta de Janet Jackson es una pornomáquina que interrumpe
la ensoñación ociosa del poder patriarcal. También las fotografías de desnudos
masivos en ciudades como Barcelona, Caracas o México que ha realizado Spencer
Tunick rompen con los alineamientos de un poder censor. O la incorporación al
museo de cadáveres plastinados por parte de Gunther von Hagens. No hay aquí
pornografía, sino pornomáquinas. Las pornomáquinas son politizaciones del
desnudo frente a un mero exhibicionismo sin un aparato de subversión aparejado.
El porno puede actuar así como máquina de guerra transgenérica. Hay que alzarse
contra los programas dictatoriales de construcción de género y sus coordenadas
biopolíticas mediante la máquina de guerra del porno. De este modo, las pornomáquinas
rompen con los alineamientos de poder y acumulan sus propios emplazamientos de
resistencia. No forman una réplica habitual al poder, sino que buscan la
lateralidad, la no-oposición, una ruptura del propio campo político controlado.
El Estado acumula poder y la prensa utiliza esos mismos medios de canalización
del Estado para oponerse a él. Forman engarces binarios, territorios de
compatibilidad y oposición. Las pornomáquinas rompen los alineamientos y
encrucijadas del poder, sus trayectos trazados de antemano, y crean nuevos
nudos en el tejido de las relaciones económico-políticas tardocapitalistas. Introducen
el placer en las relaciones de saber-poder. El placer actúa como suplemento,
fuerza deconstructora dentro del binomio que analizara concienzudamente la
crítica foucaultiana. Forma un inciso (incisión), un suplemento que separa y
recompone la diferencia. Así se forman máquinas de saber-placer (el modelo
pedagógico griego) y de placer-poder (hacktivismo de género, pornopoder,
sadomaso). Las pornomáquinas son máquinas espectaculares que reutilizan las posibilidades
de un universo mediático como modo de subversión contra el poder centralizado; máquinas
de emancipación pornográfica que huyen de una globalización sexual y aceptan la
diferencia y las interferencias en el tejido de los cuerpos, entre las diferentes
prácticas y voliciones. Se desmantelan así los encadenamientos políticos que
producen las diferencias y desigualdades de raza, clase, género y sexualidad. El
cuerpo es un arma de desobediencia. Hay que pornografiar zonificaciones ocultas
en nuestro cuerpo, sexualizar cada espacio, extraer el mayor porcentaje de
fuerza orgásmica, al mismo tiempo que es preciso repolitizar los órganos
sexuales. Los genitales son los grandes maquinadores, los artífices de la
revolución. Siguen la lógica de Dios: desde su invisibilidad, están destinados
a regir el mundo. Ellos son el verdadero centro del panóptico, el espacio que
rige el destino de la especie. Se constituyen por un efecto de poder y al mismo
tiempo están destinados a rebelarse: pollas y coños en pie de guerra, tetas y
culos por la diferencia. Oponer el coitocentrismo patriarcal al
coitoexcentrismo de una nueva política pornográfica mediante revoluciones
descentralizadas, desterritorializadas. Que no puedan limitarse a un punto
concreto y que surjan como una red, como un tejido de resistencia capilar;
revoluciones moleculares y nomádicas, ergonómicas y adaptables a las nuevas
acumulaciones de poder que se producen constantemente tanto en la calle como en
los muros ciberespaciales. La red no es una extensión nuestra; en las
pornomáquinas nosotros somos extensiones de esas redes de comunicación, somos
prótesis en un régimen pornográfico desde el cual politizar la sexualidad y
sexualizar la política. Las pornomáquinas son abyectas, en el sentido que
propone Julia Kristeva. Máquinas espectaculares de resistencia que utilizan las
armas del amo como juguetes sadomasoquistas, como dispositivos de disidencia
poscolonial. Las pornomáquinas son máquinas críticas que pretenden lograr una
función liberadora al activar nuevas coordenadas en la cartografía del poder,
nuevos puntos de resistencia y protocolos disidentes. Su crítica no se produce
necesariamente en el lenguaje (aunque hay excepciones parciales: Artaud y su
pornomáquina poético-teatral), sino en la visualidad, mediante el terrorismo performance y el hacktivismo exhibicionista. Principalmente, una pornomáquina sucede
en el ámbito espectacular y reconduce los aparatos mediáticos de poder (TV,
Internet, prensa) para lanzar su proclama. Una pornomáquina puede incluir las
prácticas transexuales y travestis o transgéneros, el tráfico
protésico-farmacológico de identidades y el laboratorio performativo queer. Beatriz Preciado y sus
aplicaciones experimentales de testosterona, pero no Jane Fonda y su
utilización psicosexual o Lady Gaga convertida en su alter ego Jo Calderone en la gala de los premios MTV. Buscamos la
implantación de una tecnología pornográfica de activismo, una subversividad
espectacular en donde el cuerpo y sus derivaciones (actos, imágenes, lenguajes)
actúen como acicate contra los poderes establecidos, a modo de graffitis en el muro de las disciplinas
estancas. Las narrativas de la carne y la prótesis se vuelven intercambiables,
líquidas, entrechocan y se desenvuelven en un espacio heterogéneo. Los relatos
pornotópicos abren el cuerpo a sus múltiples interconexiones protésicas. Así,
frente al falogocentrismo que denuncia Derrida (1971), es hora de pensar un dildoexcentrismo: nuestros órganos son
máquinas para un cuerpo sin órganos. El porno deconstruye los espacios, las
imágenes. La deconstrucción derridiana sucede únicamente en el lenguaje,
mientras que el porno introduce la imagen, la marca, el tatuaje o el graffiti. Pornotopiza los espacios,
pornografía la literatura: las pornomáquinas pueden actuar como incisos y superposiciones,
suplementariedades e interruptores de la corriente lógica del lenguaje y de su
racionalidad lineal. Las pornomáquinas son producciones posmodernas: formas de
irrealidad que desde la distancia atemperan y reelaboran el discurso sobre lo
real. La posmodernidad se nos ofrece por tanto como un laboratorio pornológico
de teorías autoexplicativas, penetración de discursos, juegos masturbatorios
del lenguaje teórico y espectacularización de los signos. Nuestro tiempo es el
tiempo del porno: vivimos una pornmodernidad
que asegura en el itinerario nómada de sus discursos toda la potencia creativa
del lenguaje. Nuestros ensayos-ficción atestiguan que las palabras están
habitando, por fin, su propio espacio, el cuarto cerrado del lenguaje, y que
más allá de los códigos disciplinarios y del establishment ontológico de la pedagogía y las ciencias sobre el
cuerpo y sus identidades existe un modelo de subversión pornolingüística que se
mea en la arquitectura de lo perenne y dibuja pollas erectas o pezones
excitados sobre sus infranqueables muros.